Es una cuestión
muy seria. Nuestra predicación, nuestro anuncio, efectivamente está ampliamente
orientado, de modo unilateral, a la creación de un mundo mejor, mientras que el
mundo realmente mejor ya casi no se menciona. Aquí debemos hacer un examen de
conciencia. Ciertamente, se busca ir al encuentro del auditorio, hablar de aquello
que está en su horizonte. Pero nuestra tarea es, al mismo tiempo, traspasar
este horizonte, ampliarlo, y mirar a las realidades últimas.
Los novísimos son
como pan duro para los hombres de hoy. Les parecen irreales. En su lugar,
querrían respuestas concretas para el hoy, soluciones para las tribulaciones
cotidianas. Pero son respuestas que se quedan a mitad de camino si no permiten
presentir y reconocer que yo me extiendo más allá de esta vida material, que
existe el juicio, y que existe la gracia y la eternidad. En este sentido,
debemos también encontrar palabras y modos nuevos para permitir al hombre de
hoy traspasar la barrera del sonido de lo finito.

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