La formulación de
Juan Pablo II es muy importante: "La Iglesia no tiene, de ningún modo, la
facultad de conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal". No se trata
de no querer sino de no poder. El Señor ha dado
una forma a la Iglesia con los Doce y luego con su sucesión, con los obispos y
los presbíteros (los sacerdotes). No hemos sido nosotros quienes creamos esta
forma de Iglesia, más bien, se constituye a partir de Él. Seguirla es un acto
de obediencia, en la situación actual tal vez uno de los actos de obediencia
más gravosos. Pero esto es importante: la Iglesia no muestra ser un régimen del
arbitrio. No podemos hacer lo que queremos. Hay, en cambio, una voluntad del
Señor para nosotros, a la cual nos atenemos, aunque sea fatigoso y difícil en
la cultura y en la civilización de hoy.
Por otro lado, las
funciones confiadas a las mujeres en la Iglesia son tan grandes y significativas
que no puede hablarse de discriminación. Sería así si el sacerdocio fuese una
especie de dominio, mientras que, por el contrario, debe ser completamente
servicio. Si se echa una mirada a la historia de la Iglesia, nos damos cuenta
de que el significado de las mujeres --desde María a Mónica, hasta la Madre
Teresa-- es tan eminente que las mujeres definen de muchas maneras el rostro de
la Iglesia más que los hombres.
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